Columnistas
9 de marzo de 2026 | 19:24Capital global, minerales estratégicos y la ventana histórica de Chile
Opinión de Diego Delgado Domínguez, Ingeniero Civil Industrial mención Minería y Magíster en Ciencias de la Ingeniería.
El mercado mundial atraviesa una fase de alta tensión geopolítica y financiera. La escalada del conflicto en Medio Oriente ha elevado la volatilidad en energía y mercados, reforzando los temores de inflación persistente, menores recortes de tasas y desaceleración global. En ese contexto, parte de los flujos de capital internacionales ha comenzado a buscar activos con mayor respaldo material, mayor valor intrínseco y una relación más directa con la seguridad de suministro, como la energía, los commodities y los minerales estratégicos.
La señal de tensión no viene solo desde la geopolítica. También proviene del sistema financiero. En marzo de 2026, BlackRock debió limitar los retiros en su HPS Corporate Lending Fund (HLEND), un vehículo de crédito privado de unos US$26.000 millones, luego de que las solicitudes de rescate alcanzaran US$1.200 millones, es decir, 9,3% de su valor neto, por encima del límite trimestral del 5%. Más que un episodio aislado, esto mostró que incluso grandes administradores están operando en un entorno de mayor fragilidad, menor liquidez y más sensibilidad al riesgo.
A ello se suma una segunda presión: la reconfiguración del negocio tecnológico por la inteligencia artificial. La carrera por la IA está obligando a las grandes tecnológicas a invertir montos extraordinarios en centros de datos, chips, redes y energía. Reuters reportó que las empresas tecnológicas emitieron US$428.300 millones en bonos en 2025, mientras que otras notas de la misma agencia advirtieron que el mercado comenzó a inquietarse por el ritmo de gasto, por la necesidad creciente de deuda y por la duda de si esos desembolsos generarán retornos acordes a sus valoraciones.
Ese cambio ya está afectando la asignación de capital. No todos los inversionistas están abandonando la tecnología, pero sí se observa una rotación fuera de algunas firmas tradicionales de software y de ciertos gigantes tecnológicos cuya expansión depende de grandes desembolsos y financiamiento creciente. Reuters informó que el índice S&P 500 de software y servicios llegó a perder cerca de US$1 billón en valor de mercado desde fines de enero de 2026, en una venta masiva impulsada por el temor a que la IA altere modelos de negocio existentes. En paralelo, también crecieron los cuestionamientos a los planes de gasto por hasta US$600.000 millones de las big tech en 2026.
En otras palabras, una parte del capital está comenzando a salir de sectores donde la disrupción tecnológica, la presión competitiva y el aumento del endeudamiento han elevado la incertidumbre, y está buscando refugio en sectores con activos físicos, barreras de entrada altas y demanda estructural. Allí es donde minería, energía e infraestructura vuelven a ganar protagonismo.
Al mismo tiempo, la dependencia del mundo de los combustibles fósiles sigue siendo un riesgo económico y estratégico. La Agencia Internacional de Energía ha insistido en que la transición energética exigirá volúmenes crecientes de minerales críticos, y que la concentración geográfica de la oferta representa una vulnerabilidad para la seguridad energética global. Ese punto adquiere aún más relevancia cuando los conflictos internacionales vuelven a tensionar el mercado energético.
En este escenario, los minerales estratégicos ya no son solo un negocio minero: son un activo geopolítico. Los países productores están empezando a comportarse como actores que buscan capturar mayor valor, procesar más localmente y usar sus recursos como palanca industrial. Zimbabue, por ejemplo, anunció primero que prohibiría la exportación de concentrados de litio desde 2027 y luego adelantó medidas más estrictas para limitar la salida de minerales sin procesamiento, con el objetivo explícito de empujar inversión aguas abajo dentro del país.
Chile tiene una oportunidad excepcional en ese nuevo orden. Posee algunas de las mayores reservas de litio del mundo y, además, cuenta con potencial real para producir cobalto, otro mineral crítico para baterías y almacenamiento energético. En un contexto en que la seguridad de suministro pesa cada vez más en las decisiones de inversión y política industrial, esa combinación puede transformarse en una ventaja competitiva mayor.
El caso del cobalto es especialmente relevante. Según el USGS, la producción mundial fue de aproximadamente 290.000 toneladas en 2024, y la República Democrática del Congo concentró alrededor de 220.000 toneladas, es decir, más del 70% del total. Esa concentración convierte al mercado del cobalto en uno de los más expuestos a shocks políticos, regulatorios y sociales.
A ello se suma el problema reputacional y humanitario. Este mes, un derrumbe en la zona minera de Rubaya dejó más de 300 muertos, reabriendo el debate sobre las condiciones en que se explota parte importante de los minerales críticos que abastecen al mundo. Ese episodio se añadió a una larga lista de cuestionamientos sobre seguridad, informalidad y trazabilidad en la minería del este del Congo.
Además, el Congo ya está usando su posición dominante para intervenir más activamente en el mercado. Reuters informó que el país pasó de una prohibición temporal a un sistema formal de cuotas y nuevas exigencias para exportar cobalto, incluyendo prepago de regalías, certificados de verificación y un cupo anual de 96.600 toneladas desde 2026. Es decir, el principal proveedor mundial está endureciendo su control sobre el flujo del mineral.
Todo esto refuerza la necesidad de diversificar la oferta mundial. Y ahí Chile puede jugar un papel serio. El proyecto Santo Domingo, de Capstone Copper en Atacama, ya cuenta con permisos y forma parte del plan de integración del distrito Mantoverde–Santo Domingo. Capstone ha señalado que el distrito apunta a producir entre 4.500 y 6.000 toneladas anuales de cobalto. Tomando como base las 290.000 toneladas mundiales estimadas por el USGS para 2024, ese volumen equivale a cerca de 1,6% del mercado global, una cifra que, aunque parece menor, es estratégicamente relevante en un mercado tan concentrado.
Pero el verdadero punto no es solo exportar más mineral. Chile debe aprovechar la oportunidad y capturar valor aguas abajo. Si el país quiere transformar su ventaja geológica en poder industrial, necesita diseñar mecanismos concretos para atraer manufactura. En esa línea, una política plausible sería implementar un sistema de venta prioritaria de litio y cobalto producido en Chile para proyectos industriales que se instalen en el país, especialmente fábricas de baterías, sistemas de almacenamiento y otras industrias vinculadas a la transición energética. Sería una señal potente para alinear explotación minera con desarrollo industrial. La lógica detrás de esa idea es consistente con lo que ya están haciendo otros países productores: usar el recurso como palanca para atraer inversión, tecnología y empleo local.
Eso exige acelerar decisiones. Chile necesita reducir incertidumbre regulatoria, destrabar inversión y agilizar instrumentos como los CEOL si quiere competir en una ventana que no estará abierta indefinidamente. Hoy la oportunidad existe porque el mundo busca suministro confiable, estándares altos y jurisdicciones estables. Si Chile no se mueve con rapidez, otros países capturarán esa ola de capital y de industrialización.
Chile sí tiene con qué competir: estabilidad relativa, tradición minera, capital humano y una reputación operativa superior a la de muchas jurisdicciones emergentes. En un entorno donde parte del capital global está rotando desde sectores más expuestos a disrupción y endeudamiento hacia activos reales y estratégicos, el país tiene la posibilidad de posicionarse no solo como proveedor de litio y cobre, sino también como actor relevante en cobalto y en manufactura vinculada al almacenamiento energético. La ventana es real, pero requiere urgencia.
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