Columnistas
4 de febrero de 2026 | 12:48

El cobre en precio alto y la ausencia de una política de Estado

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Opinión de Marcelo Aguilar Pino, Magister en Gestión de Negocios y Director Ejecutivo – Conectaria, Presidente Comité de Minería – AIC.

El precio del cobre vuelve a estar en niveles históricamente altos. En los mercados internacionales, la tonelada se transa por sobre los USD 12.000 y el valor por libra se acerca a  los USD 6. Para un país como Chile, principal productor mundial, la reacción inmediata suele ser de alivio, cuando no derechamente de celebración. Sin embargo, conviene hacer una pausa y formular una pregunta dura y difícil: ¿qué hacemos realmente, como país, cuando el cobre está a precio alto? 

Porque el problema de fondo no es el precio. El cobre es y seguirá siendo un commodity que tiene ciclos económicos de precio alto y bajo. Nadie puede anticipar con precisión cuándo el  precio subirá o bajará, ni cuánto durará cada fase del ciclo. Eso es sabido por cualquier actor involucrado en el sector. Lo que sí es observable —y perfectamente distinguible— es si el precio  está alto o está bajo. Y frente a esa condición evidente, Chile y la industria minera actúan, una y otra vez, como si no existiera diferencia alguna. 

Cuando el precio está alto, no construimos una estrategia de largo plazo. No consolidamos ahorros con un propósito País. No aceleramos inversiones estructurales en educación, capital  humano o infraestructura necesaria para la operación de nuevas iniciativas económicas. Tampoco generamos certezas regulatorias que permitan transformar esta bonanza en  proyectos futuros. Simplemente administramos el presente, muchas veces con la lógica del corto plazo político, como si el ciclo favorable fuese a durar indefinidamente. 

Y cuando el precio baja, el guión se repite desde el otro extremo: ajustes, recortes,  postergaciones. La inversión en educación vuelve a discutirse como gasto y, en ausencia de  políticas de Estado sostenidas, las pocas reformas implementadas han terminado ampliando la brecha entre la educación pública y la privada, en lugar de reducirla. La infraestructura se  posterga sistemáticamente, configurando un círculo vicioso: sin inversión —muchas veces  paralizada por procesos de permisos largos e inciertos— no se generan los recursos ni las condiciones para su implementación, y la ausencia de esa infraestructura termina haciendo más lentos, costosos y frágiles los proyectos futuros. La conversación pública se llena de  diagnósticos tardíos. El resultado es conocido: el país pierde valor dos veces en cada ciclo, cuando el precio sube y no se prepara, y cuando baja y no tiene con qué amortiguar el golpe  a la economía y a la inversión pública que propicia el precio bajo en esta parte del ciclo. 

Esto es una decisión institucional. Existen países que, sin tener recursos naturales comparables, optaron por pensar su desarrollo a 20 o 30 años. Corea del Sur es uno de los ejemplos más  evidentes. Hace décadas decidió invertir de manera sostenida en educación, formación  técnica e ingeniería, aun cuando los resultados no serían visibles en un gobierno ni en dos. Hoy, esa visión se expresa en industrias sofisticadas y competitivas a nivel global. No fue casualidad, fue planificación de largo plazo ejecutada a propósito. 

Chile, en cambio, sigue comportándose como un país que vive del día a día, aun cuando depende de un recurso cuyo carácter cíclico conoce de sobra. No hemos sido capaces de  construir una política de Estado que entienda el cobre a precio alto como una oportunidad para estabilizar la economía futura, nivelar el desarrollo y reducir una debilidad institucional  persistente, producto de la ausencia de una política de Estado de largo plazo. 

El ciclo en el precio del cobre no es nuestro principal problema. La demanda estructural existe  y todo indica que seguirá creciendo. Lo que falla es nuestra incapacidad de cambiar la conducta colectiva frente a los ciclos. No se trata de predecir el futuro, sino de dejar de improvisar cuando el presente nos favorece. 

Tal vez la pregunta correcta no sea cuánto vale hoy el cobre, sino qué país estamos construyendo para cuando, inevitablemente, deje de estar en los niveles históricamente más  altos que muestra este precio hoy.


 

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